POR FRANCISCO ORTEGA ARANCIBIA--------------------------
La Asamblea Constituyente de Nicaragua
había dado el 30 de abril de 1838 el decreto por el cual declaró
que el Estado era libre, soberano e independiente de todo otro poder, mandando
que se publicase con toda solemnidad. Y como si fuese un suceso fausto,
como el de la independencia del gobierno extranjero del 15 de septiembre,
esa ley infausta se publicó en los pueblos inconscientes con muchas
alegrías.
Un carro triunfal seguido de la
multitud y con música marcial se paseó por las calles de
Masaya, conduciendo dos preciosas jovencitas vestidas de Diosas: de Minerva,
la una; de Palas, la otra: morena de rizada cabellera, frente espaciosa
y ojos negros vivísimos, Dominguita Bolaños, hija de don
Pío José, era la primera; Chepita Torrealba, de color claro
y sonrosado, de modesta y bien formada faz, era la segunda; y ambas de
familias netamente conservadoras, y con suave y dulce acento declamaban
en las esquinas, donde se publicaba la ley, las siguientes estrofas:
«Si Minerva al suelo troyano sabias
leyes y justas dictó, Nicaragua.
no menos feliz, de igual gracia tambén
disfrutó.»
Ley sabia! ¡Feliz Nicaragua!,
desgarrando el pendón augusto de la unida
patria Centroamericana. |
Los hurras y aplausos del conservatismo nicaragüense en la promulgación
de esa ley funesta para los amantes de la unión nacional llegaron
hasta Guatemala comunicados por los separatistas orientales y bajo la sugestión
de los ex-nobles.
El Congreso Nacional, reunido en San Salvador, dió un mes después
la ley de 30 de mayo de 1838, declarando: que todos los Estados quedaban
libres de constituirse del modo que lo creyeren conveniente.
Este fué el golpe de gracia dado a la
unión de los cinco Estados de Centroamérica por el Poder
Legislativo Federal, rompiendo el lazo que los unía por la Constitución
de la República; y como si obrase inconsciente o se espantase de
su funesta obra, dejó funcionando el Poder Ejecutivo Federal, ejercido
por el Vicejefe don Diego Vijil.
Es de necesidad ingente designar las altas personalidades
nicaragüenses que oficialmente intervinieron en la emisión
de la ley de 30 de abril, que ocasionaron las desgracias de la guerra civil
en los estados: así como narrar los hechos que les habían
precedido, para que sirvan de premisas en que se apoye el criterio histórico.
El Licdo. don Hermenegildo Zepeda, el Licdo.
don Pablo Buitrago, eran de los estadistas más conspicuos del país;
el sabio sacerdote don Pedro Solís, don Frutos, Chamorro, don Pío
J. Castellón, éste había estudiado, y aquél
nacido en Guatemala; eran hombres públicos muy notables, todos ellos
de talento e ilustrados, que podían y debieron ejercer influencia
poderosa en sus demás colegas de la Asamblea.
La mayoría de estos cinco personajes eran
conservadores, relacionados con los ex- nobles de Guatemala que conspiraban
de continuo contra la Federación.
Los Pavón, los Batres, Aycinena y el
Arzobispo Casaús, quien desde La Habana se mantenía combatiendo
por la prensa, y en excitación continua, a los conservadores y clericales,
explotando por medio de los curas y las beatas el seudocristianismo de
las gentes sencillas e ignaras.
Antes de esta fecha habían habido terribles
acontecimientos que fueron precursores de las leyes que quedan referidas:
y aunque se entristezca el espíritu, y se ruborice el rostro, hay
qué echar una mirada retrospectiva; se debe levantar el velo del
pasado, que cubre la mancha del crimen del 25 de enero de 1837.
En la noche de ese día aciago fueron asesinados
el Jefe Supremo del Estado, el General José Zepeda, el Comandante
General de las armas, Román Balladares, y dos jefes en servicio,
Rivas y Berríos.
En las altas horas de esa noche, el cuartel de
León cayó en poder de unos conjurados: sus caudillos sacaron
de la cárcel a un preso. llamado Braulio Mendiola, a quien le dieron
una escolta numerosa de los asaltantes, y le dieron la consigna de ir a
las casas en que estaban durmiendo el Jefe Supremo y los otros tres empleados
referidos.
Reunidos los cuatro en el cuartel, al conocer
a sus enemigos, comprendieron que iban a morir, y trataron de salvarse
por la fuga, y salieron huyendo. El centinela les disparó por la
espalda su fusil ~a quemarropa sobre el Jefe Zepeda, y otros tirarán
a Balladares que iba más lejos sobre la calle, y cayó también
muerto, y Berríos y Rivas fueron bárbaramente asesinados
dentro del cuartel.
Corifeos ostensibles de esta negra conjuración
fueron: Casto Fonseca, bachiller en medicina, y Bernardo Méndez
(a) el Pavo, hombre vulgar, y sólo notable por su culto a Birján,
frecuentaba los garitos y de allí sacó la turba de borrachos
y tahures autores de la sangrienta tragedia del 25 de enero.
Méndez y Fonseca carecían del aliciente
seductor del dinero que necesitaban para, comprar licores y armas, y persuadir
a esa gente a lanzarse a una empresa tan peligrosa, como la toma de un
cuartel, y el asesinato dei Jefe del Estado y sus militares, hombres valientes
y experimentados: había pues, que halagar con promesas tentadoras,
para cuando, hecha la selección, ellos ocupasen el puesto de sus
víctimas, pero dIndoles previamente algunas monedas: Fonseca y Méndez
eran pebres.
Deber, es del cronista estudiar los sucesos posteriores
de ese crimen nefando, que en el curso de este trabajo se presentarán
en documentos oficiales y en la tradición oral de ciertos detalles,
que si aislados parecen de poca significación, examinados con detenimiento,
puede pensarse lógicamente que el fatal acontecimiento del 25 de
enero tuvo su origen y fué preconcebido en las altas regiones de
la política separatista.
José Zepeda, con sus compañeros
de infortunio eran de la falange de liberales que llevó de León
el general Morazán, y que combatiendo a su lado con valor heroico
en los campos de «La Trinidad» y otros puntos donde el héroe
centroamericano se cubrió de gloria, puso muy alto el honor militar
nicaragüense y regresó a su país lleno de prestigio
y nombradía con fama de honrado, valiente y entendido : y gozando
de crédito, de mando y de orden, todo lo cual le hizo acreedor al
alto puesto de Jefe Supremo del Estado con que le favoreció el voto
de sus conciudadanos en las urnas electorales.
De buen sentido práctico, el Jefe Zepeda,
aunque no había recibido ilustración áulica, supo
con un tino natural escoger para Ministro de su Gobierno al Licdo. Hermenegildo
Zepeda, un sabio de gran cerebro y noble corazón, jurisconsulto
de ilota, y de cultura indiscutible, que poseía la clarividencia
en el arte de gobernar. Zepeda, sobrino suyo, a quien el partido liberal
se honraba de contar en sus filas, era quien dirigía con mano diestra
aquella administración que se distinguía por su acierto y
honradez en el manejo de los fondos públicos; por la reglamentación
que dió a las finanzas en todos sus ramos; por su celo en el estricto
cumplimiento de las leyes de hacienda, y por la probidad en la recaudación
de los fondos del Estado; teniendo particular cuidado por la que correspondía
al Gobierno Federal; prestando preferente atención a que no faltase
Nicaragua en remitir religiosamente su contingente para el sostenimiento
del Gobierno Federal.
La agricultura y el comercio eran protegidos
ampliamente. Vigilaba la administración de Justicia estableciendo
el juicio por Jurados en materia criminal; y puso en planta el Código
de Livingston en el sistema penal, con lo cual hacía simpáticas
a los pueblos las instituciones democráticas, al propio tiempo que
prestaba su esmerada atención a la instrucción pública
de la juventud, haciéndola extensiva al clero, el cual, con pocas
excepciones, yacía en lastimoso atraso, y para esto dió una
ley disponiendo que para ser ordenado in sacris, no sólo necesitaban,
como hasta entonces, del título de gramática latina y teología
dogmática, sino que se exigió el título de bachiller
en filosofía y en derecho canónico.
El Jefe Zepeda, con esta atinada administración
y con el respeto que infundía su espada, mantenía en paz
a los pueblos que veían protegidos su honor, su libertad, su vida
y su propiedad. Gobierno tan honrado y progresista era llamado a perdurar,
sirviendo de baluarte y de sostén robusto a la Federación.
El General Morazán, decía, «que
Zepeda en el poder de Nicaragua era el brazo derecho del Gobierno de la
República».
Se comprende que los enemigos de la federación
tendiesen a suprimir a Zepeda, y que la nube que cargada de electricidad
se agitaba en el éter sombrío del foco guatemalteco estableciese
una corriente del flúido electro-político sobre el punto
culminante del Gobierno Zepeda, y que sobre él estalló el
rayo para remover el obstáculo que se oponía al aniquilamiento
de la federación y a la supresión del General Morazán..
Estaba próxima la instalación de
las Cámaras Legislativas en León, que era la capital, y con
este motivo habían llegado desde mediados de enero los Representantes
de Granada; los dos Zavalas, Mariano y Juan José, y otros de los
demás departamentos; y como entonces no había hoteles, ocupaban
casas particulares. Dos tiendas de mercancías, Alvarez y Zelaya,
había cerca del cuartel y en la misma calle.
De nueve años de edad estaba Alejandro
Estrada, y vivía con doña Francisca Zelaya, en donde había
una de dichas tiendas cuando sucedió lo que se ha referido del 25
de enero; y seis años después, Alejandro Estrada y el autor
estudiaban en el mismo colegio en Granada, y contrajeron íntima
amistad, y entonces le refirió Estrada, que en la noche del trágico
suceso de Zepeda, él se despertó al ruido de mucha gente
que pasaba por la calle hablando : que al lado del cuartel se oyeron disparos
de fusil, y gritos y vociferaciones obscenas: que él quiso asomarse
por la ventana y se lo impidió doña Francisca; que tan luego
amaneció, él se salió por
el zaguán y vió tendidos en el suelo dos cadáveres
: que como estaba cerca del cuartel y vió un gru
po que había frente a él, se acercó
en ocasión que llegaba un negro de Jamaica, y hacía esta
pregunta: ¿Ya manda Nuña?
Mendiola salió del cuartel con una escolta
por las desiertas calles de la ciudad; a las pocas puertas que había
abiertas en
las casas se acercaba la escolta a preguntar
por los dueños de ellas, pero las señoras los habían
ocultado y ellas se negaban
a dar dinero.
Mendiola se dirigió a la casa del Alcalde,
don Vicente Jerez, y como se lo negara su señora, le dijo que avisase
a su esposo que de orden del comandante Méndez llegase al cuartel,
porque hacía muchos días que no se le había pagado
el prestamo a la tropa, y que se necesitaba de la cooperación del
Alcalde para las exacciones; que si no llegaba, la fuerza armada obraría
para poner a rescate a las mujeres en el cuartel, para que allá
llegasen los interesados a sacarlas dando el dinero.
Verdad o no lo del prestamo de la tropa, esto
servía de pretexto para aquella amenaza brutal: la inmoralidad política
se tornaba social, pretendiendo invadir el hogar, pasando sobre el honor
de las familias; y el anuncio de tan feroz atentado sublevó los
sentimientos delicados de la honestidad de padre y esposo en el Alcalde.
Las hijas de don Vicente Jerez, que así
se llamaba el Alcalde, eran de una hermosura tentadora, y las palabras
atrevidas de Mendiola produjeron un efecto contrario a su propósito,
pues el Alcalde salió armado, con su bastón, y. pasó
la voz de alarma a todos los jefes de familia, conjurándolos a que
se armaran, y juntos darse garantías : los ciudadanos le siguieron,
y en número regular llegaron a la casa del Vice Jefe Dr. Núñez,
para hacer cesar la acefalía que tenía en grave peligro a
la ciudad según las amenazas de Mendiola.
El Dr. Núñez era el Vice Jefe, llamado
a salvar la situación, y aceptó la cooperación y apoyo
de los ciudadanos para asumir el Poder: se hizo concurrir al Diputado Juan
José Zavala a la casa Nacional en donde estaba Núñez;
Zavala estaba secuestrado por el Pavo en una casa particular en donde lo
tenía redactando una proclama, en cue daba cuenta al país
de los sucesos de la noche anterior; pero al llegar Zavala a la reunión
de ciudadanos se le pidió que redactase el acta de la inauguración
del nuevo gobierno y así lo hizo.
Núñez, estando en posesión
del Gobierno, dió su primera orden al Alcalde Vicente Jerez, para
que fuese a aprehender a Mendiola y lo fusilase inmediatamente. Mendiola
estaba en el cuartel y allá se dirigió con los ciudadanos
el Alcalde Jerez, se dió a reconocer como Coronel, mandó
formar la tropa, apresó a Mendiola y lo hizo fusilar en el acto.
Siempre el instrumento se destruye después que ha servido : la tumba
de Mendiola debe guardar algún secreto de Estado. Merece respeto.
El estadista, luz del Gobierno que aniquiló
la conspiración, la antorcha de ese Gabinete ilustre, el Licenciado
Hermenegildo Zepeda, también habría sido extinguido, y los
forajidos lo buscaron para arrojarlo a la vorágine, pero no lo encontraron.
El Licenciado Cardenal, sinigo suyo, había
salido con él a cazar conejos a los prados cercanos de la ciudad,
la tarde anterior: escaseó la presa y al anochecer hallaron empleo
para sus escopetas: la sangre y los pelos indicaron que el tiro había
sido certero y aunque la hallaron, las vueltas que dieron en su seguimiento
los desorientó, de tal suerte, que cuando siguiendo una vereda,
dieron con el camino, tomaron rumbo al norte, en vez de rumbo al sur, y
en lugar de llegar a la ciudad llegaron a la finca del sabio doctor Gregorio
Juárez, quien celebró aquel extravío que le proporcionaba
el placer de -pasar conversando con tan ilustres huéspedes, persuadiéndoles
a que se quedaran a pesar la noche con él. ¡Inescrutables
designios de la Providencia! Una gira inocente conservó la inapreciable
vida del gigante del foro nicaragüense.
¡Contraste del cruel destino! El valiente
jefe Zepeda que, sabedor de que en el «Guayabal» se había
sublevado el ejército, negándose a continuar la marcha, montó
a caballo, y solo con su clarín de órdenes se dirige al lugar
de la insubordinación, manda tocar formación, los diezma
y fusila al primero, y con entonación robusta ordena. Tambores y
clarines tocan marcha y todo el mundo obedece y continúa rumbo al
Salvador.
La funesta noche del 25, en el cuartel se juntaron
con él, el coronel Balladares, de índole suave, pero bravo
como un león en los combates: Rivas y Berríos, asombro de
valientes.
¿Por qué entre los cuatro no arremeten
y luchan los fusiles y aunque fuera con las bayonetas clavan al más
audaz, cargan al Pavo y a Fonseca, y matando a uno o dos, reducen a la
obediencia a los sublevados, y se imponen? Los que de los cuatro hubieran
quedado vivos, habrían continuado en el mando, pero esa noche terrible
pesó sobre ellos una negra fatalidad: pesó abrumadora para
desgracia de Nicaragua y de todo Centroamérica.
Ya en el poder, hay que ver cómo se conduce
Núñez, este caribe de «Solentiname», traído
niño a León por fray Ramón Rojas, entre la tribu del
archipiélago del Lago, cuando fué para sacarlo de la idolatría
y convertirlo a la religión cristiana: este niño, por los
puntos de su esférico y voluminoso cráneo, exhibía
felices disposiciones, y el Obispo lo crió en su palacio y le dió
una educación brillante, con que se abrió paso a los más
altos puestos; habiendo estado bajo la tutela de un Obispo, su educación
debió tener por base los principios del conservatismo ultramontano,
y su política apareció con ese color.
Llamó para Ministro de su Gobierno al Licenciado
don Pablo Buitrago, notable hombre público, muy ilustrado, y en
ese mismo día comenzó su administración con un decreto,
por el cual quedó nombrado Comandante General de las armas del Estado
Bernardo Méndez. ¿A Bernardo Méndez? ¿al Pavo?;
Sí, lector, al Pavo!: el Pavo es uno de los principales actores
del negro crimen, del escandaloso asesinato del Jefe Supremo de Nicaragua,
que se acaba de perpetrar, el asesinato aleve de las cuatro ilustres víctimas,
cuya sangre aun está caliente, como humeante está la de Braulio
Mendiola, su execrable cómplice; esos cinco cadáveres aun
están insepultos.
Sin embargo, hay quien afirme, quien escriba en
un gran libro: que el nombramiento del Pavo obedecía a una transacción
con los principales actores del movimiento,. Del crimen, se debió
decir. Esas clases de transacciones están vedadas por la moral pública,
son incompatibles con el pudor nacional y condenadas por el decoro del
país.
El destino de Comandante General de las Armas
del Estado, equivalía entonces al de Jefe del Estado, y podía
decirse que muchas veces era más grande, estaba por encima de él,
porque el que mandaba las armas ejercía, por abuso, un poder absoluto,
avasallador de los gobiernos; por manera que el doctor Núñez
al premiar con este destino al victimario de su predecesor, que una bala
jeficida arrojó de la silla en que él acababa de sentarse,
lo ha puesto a la par suya, o más arriba quizá; conducta
que no se explica de modo satisfactorio en una persona tan culta e ilustrada,
como el doctor José Núñez y su gabinete.
El fusilamiento del Pavo, habría sido la
expiación de su escandaloso y criminal delito : y habría
causado, pánico a los asesinos del Supremo Mandatario, y ésta
era una verdadera oportunidad, era una ocasión que debió
aprovecharse para hacer extensivo el escarmiento al Pavo y a Fonseca. ¿Por
qué no se hizo así? La vindicta nacional, la justicia lo
demandaban, y la sociedad habría batido palmas.
Pero hay ocasiones en que la pasión política
pervierte el sentido moral en las altas regiones. La Asamblea se instaló
y el jefe Núñez en su mensaje dió cuenta del suceso
del 25 de enero de 1837 y de los actos consiguientes de su gobierno, y
de los decretos que había dictado; y este alto cuerpo, no sólo
aprobó su conducta congratulándole por sus acertados pasos,
sino que lo declaró, por una ley, benemérito de la patria.
El nombramiento del Pavo Comandante General de
las armas del Estado, recibió de este modo la sanción del
Soberano la Asamblea pronunció la última palabra sobre este
lúgubre y tenebroso acontecimiento, que debe ser consignado aquí,
para la posteridad.
Por ahora basta su narración sencilla,
pues aun llegan las oleadas del partido de la tradición de los que
dicen que el horripilante asesinato del Jefe Supremo Zepeda, obedecía
al pensamiento de hacer cesar la anarquía (1) que ocasionaba el
defectuoso sistema federal.
Anarquía llamaban a la defensa que hacía
el Presidente Morazán de la unión nacional; oponiendo a la
fuerza material y moral, con que lo combatían los clericales, los
antiliberales y las beatas, la fuerza moral y material de los principios,
y de las armas cuando sus agresores se agitaban en el terreno de los hechos,
y venía el choque entre agresores y agredidos.
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