| La fachada principal está definida
por dos cuerpos: el primero de ellos con un pórtico central determinando
acceso principal, dos vanos laterales más pequeños, dos puertas
laterales que, como el pórtico principal poseen arcos de medio punto,
pilastras. capiteles y una siteria.
Caracterislicas principales del primer cuerpo
son las columnas adosadas lisas, con capiteles disminuidos y bases altas
que intercalan los tres accesos de mayores dimensiones.
Una cornisa marca el limite de los dos cuerpos
de la fachada.
En el segundo cuerpo, dos vanos de puertas
rectangulares con frontón triangular interrumpido resguardan los
costados de un balcón conformado por dos pares de columnas can capiteles
dóricos y arqufiabe. las puertas laterales poseen balcones individuales
con balaustres. las columnas adosadas en este cuerpo san dobles y con arquitrabe,
rematadas pa una balaustrada en su fachada principal. intercalada por elementos
continuos que esconden el techo.
En el costado Norte sólo dos ventanas
de la planta baja coinciden con la planta alta, que tiene las dos ventanas
rectangulares y de distinta conformación.
El inmueble está compuesto por dos plantas.
A la planta baja se accede mediante un vestíbulo
central que comunica a les salones laterales.
Estos dan paso a un amplio corredor_porticado
que rodea un patio central después del cual se encuentran ambientes
de servicio y dormitorios.
Un corredor porfiado dispuesto en forma de
ele limita al segundo patio en cuyo costado Sur se ubican habitaciones
de nueva construcción.
Un segundo traspalo se ubica al final de la
planta baja del inmueble, delimitado por bodegas y cuartos de servicio.
la planta alta la definen tres salones que responden a una disposición
espacial semejante a los de la planta baja.
Tres balcones coincidiendo con los tres accesos
de la planta inferior, permiten una amplia vista hacia la calle.

Paradigmas del siglo XIX
Emilio Benard: funcionario probo y progresista
* Desde juez de paz hasta ministro en Washington,
pasando por senado, prefectura y alcaldía * Telégrafo, ferrocarril
y modernización de la Hacienda Pública fueron parte de obras
administrativas * Fue el primero en concebir, y sin duda lo habría
logrado, el construir un canal interoceánico en Nicaragua
Jorge Eduardo Arellano
END - 17:27 - 01/05/2010
El personaje histórico que aquí
rescato del olvido pertenece al siglo antepasado: a una época muy
distante de la nuestra. Sin embargo, su consagración a la vida pública
resulta vigente. De naturaleza ética, se sustentaba en este principio
que le servía de norma permanente. “Con la Hacienda, la Justicia
y la Moral no debe jugarse política”. Y su conducta, de acuerdo
con los testimonios de sus coetáneos y de los documentos redactados
por su propia mano, revelan una personalidad verdaderamente republicana,
merecedora de recordación patria.
De ahí que presente esta semblanza,
cuyo objetivo es revivir la existencia de un hijo nacido de emigrantes
franceses (él, un bravo oficial de Napoleón Bonaparte, ella,
una belleza parisina) que muy pronto se adaptaron al patriciado local de
la pequeña y comercial Granada de Nicaragua, en la primera mitad
del siglo XIX. Adaptación que tuvo su centro propulsor en el comercio
con Europa a través del Río San Juan y el puerto de San Juan
del Norte, de población cosmopolita, en el Caribe.
Este hombre, granadino de nacimiento y de formación
vital, educado en disciplinas prácticas —la contabilidad y las matemáticas—
en los Estados Unidos y en Francia, retornó a los suyos en 1858,
a raíz de la expulsión del filibustero expansivo y esclavista,
el sureño William Walker. Un hombre que, siéndolo ya a sus
dieciocho años, contribuyó desde entonces al progreso nacional
como servidor público de iniciativas emprendedoras.
Joven de cualidades excepcionales
Fue durante la primera etapa del período
de los llamados “30 años” conservadores, cuando se consolidaba lenta
y relativamente el Estado-nación, que este hombre —en realidad un
joven de cualidades excepcionales— desarrolló su carrera administrativa.
Así llegó a desempeñarse
a cabalidad como Juez de Paz en San Juan del Norte, secretario del general
Tomás Martínez en misión diplomática a Inglaterra,
administrador de Rentas con el presidente Fernando Guzmán (1867-1871);
y durante la presidencia de Vicente Cuadra (1871-74) como alcalde de Granada,
prefecto del departamento, senador por Rivas y ministro en Washington.
Alcalde de Granada
En el ejercicio de la alcaldía, se le
reconoció inmediatamente “su ilustrada y pujante iniciativa en las
saludables reformas que introdujo en los fondos municipales, en el servicio
de las escuelas públicas, en la construcción del nuevo Cementerio,
en el ensanche del hospital; en fin, en todo lo que pertenecía a
las mejoras locales”. También como alcalde le correspondió
publicar el acuerdo del 25 de enero de 1871 por el que el presidente Fernando
Guzmán cedió a la municipalidad de Granada “el muelle del
Lago de aquella ciudad.” Otra mejora notable, lograda por Benard, fue el
establecimiento del alumbrado público. Se importaron de los Estados
Unidos faroles de kerosén para instalarse en las esquinas y a media
calle, colgados de postes diseñados por él mismo. “Fue un
alcalde a la medida del progreso” —dijo el cronista Alejandro Barberena
Pérez.
Como es sabido, a partir del gobierno de Pedro
Joaquín Chamorro Alfaro (1874-78), el país inició
su “despegue” modernizador, prosiguiendo y mejorando los logros de las
administraciones anteriores, además de emprender transformaciones
definitivas. Pues bien, bajo la égida de Chamorro Alfaro, el hombre
al que hemos aludido desplegó como nunca y como nadie su talento
laborioso en su carácter de ministro de Hacienda.
¿Su nombre? Emilio Benard Doudé
(Granada, 28 de julio, 1840-Managua, 5 de noviembre, 1879).
Existencia breve, pero ejemplar
Breve, como se observa, fue su existencia:
39 años y cien días; pero ejemplar y fecunda. No sólo
en su aspecto privado, sino especialmente como funcionario público.
De tal manera que, a raíz de su fallecimiento, recibió numerosos
adjetivos definitorios, como abnegado, benemérito, bienhechor, inteligente,
eminente, enérgico, esclarecido, honrado, ilustre, incorruptible,
inflexible, pundonoroso, prudente, recto y útil, por citar quince
tomados de su Corona fúnebre, publicada al año de su muerte
por cuenta del Estado.
Ésta, que tuvo una segunda edición
en 1925 y la tercera en 1971 —ambas editadas por sus descendientes— ha
sido la fuente primaria más extensa de la presente investigación.
No obstante, el Ministro blanco —como se le llamó por muchos años
a Benard Doudé— dejó piezas de carácter antológico,
indispensables para conocer a fondo su carácter.
En primer lugar, su digna carta de rechazo
a la candidatura presidencial que le ofrecían sus amigos, encabezados
por su jefe el presidente Chamorro Alfaro, quienes le aseguraban aportar
el capital exigido por la ley, del que carecía. “Aceptar esa candidatura
—escribió— sería inútil, antipatriótico y deshonroso”,
planteando virtualmente los tres más altos valores que lo retrataban
en cuerpo y alma: la utilidad, el patriotismo, el honor. Y, con toda lucidez,
argumentaba:
Inútil porque una vez proclamado no
faltaría quién me interpelara por la prensa, y tendría
entonces que hablar, lo que sería peor; antipatriótico, porque
daría lugar a trabajos estériles en favor de una candidatura
imposible; y, en fin, deshonroso, porque teniendo la convicción
de la ilegalidad del caso mi convencimiento, sería la intervención
premeditada de un acto vituperable.
Y continuaba Benard Doudé: “La responsabilidad
del funcionario debe ser efectiva por medio de un capital limpio”, quizá
su frase más perdurable, constitutiva de la moral pública
que heredó a los nicaragüenses y, en particular, a sus familiares,
hombres de trabajo y prestigio social. Frase sólo comparable a esta
otra, lapidaria, enviada en un telegrama famoso al máximo ideólogo
de su partido político: “Piense más y escriba menos”.
Y es que Benard Doudé, más que
opiniones, emitía convicciones. Una de ellas no la despreciaría
ninguna mentalidad consciente de lo que significa la soberanía nacional:
“La cuestión de justicia es de vital importancia para la República;
es la única arma que puede esgrimir con algún éxito
en una contienda con un Estado poderoso. Si no la tenemos, debemos doblegar
la cabeza y dar las satisfacciones que se nos exijan por humillantes que
sean; pero si la tenemos, es deber del gobierno resistir en el terreno
moral, y en caso de violación del territorio, con las armas en la
mano hasta donde alcancen las fuerzas”.
Créditos de la posteridad
No en vano, Benard Doudé había
motivado a plumas del siglo XIX, entre otros, al “publicista” J. Trinidad
Gutiérrez (1867-1935), al escritor Manuel de Rosales (18??-1933),
y al historiador Sofonías Salvatierra (1882-1964). Si el primero
le dedicó un capítulo en su serie de folletos divulgativos,
Biografías de hombres ilustres centroamericanos (1908-9), el segundo
pronunció una conferencia en el Parque Central de Managua en 1932,
cuyo texto aún no se ha localizado. Mientras tanto, el tercero le
otorgó este justo crédito: “El mejor de los aciertos de don
Pedro Joaquín [Chamorro Alfaro] fue nombrar Ministro de Hacienda
a don Emilio Benard y conservarlo allí durante todo su período.
Hombre éste activo y progresista. Nicaragua le es deudora de mucho
bien en su adelanto material. El telégrafo es obra suya, y su fuerte
e incansable iniciativa nos dio el ferrocarril”. Por cierto uno de los
pocos ferrocarriles de América Latina, o quizás el único,
construido con fondos nacionales.
Basta hojear los dos informes bianuales de
Benard Doudé (1877 y 1879), considerados modelos de competencia
en el cargo, para rendirse cuenta de otras acciones suyas en beneficio
de la República. Nos referimos, por ejemplo, a los “trabajos de
composición” del Río San Juan —iniciado en su primera sección—;
a la emisión de la primera moneda metálica del país
—el centavo de cuproníquel—, al envío a Cuba del empleado
principal de la Factoría de Tabaco para contratar “dos cultivadores
y dos torcedores”, con el fin de promover el cultivo de ese producto; y
otro envío, esta vez a la Guayana inglesa, de un Comisionado para
aprender la fabricación del azúcar y la destilación
del ron, lo que facilitaría —diez años más tarde—
la fundación de una sociedad denominada Nicaragua Sugar States.
Por ello, a Benard Doudé se le ha estimado precursor del Ingenio
San Antonio.
Logros económicos y financieros
Detalladamente, en dichos informes —por lo
demás escritos con elegancia y dominio—, Benard Doudé consigna
otros logros económicos y financieros de la Administración
Chamorro, obtenidos bajo su responsabilidad en la Cartera de Hacienda.
He aquí tres: el bono consolidado que “vino a cortar de raíz
el insoportable embrollo en que se encontraba el crédito nacional
interior y exterior”; el cumplimiento exacto de las obligaciones contraídas
dentro y fuera del país; y los primeros billetes —llamados del Tesoro—
emitidos por la Nación.
El primer proyecto de banco
Igualmente, concibió el primer proyecto
de Banco, firmado por él como ministro de Hacienda y los señores
Indalecio Maliaños y Santiago Morales, el cual lo llevó a
leer y a analizar trece obras editadas de 1864 a 1878 en Chicago y Nueva
York, París y Londres.
He aquí un resumen de la administración
de Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, en la cual actuó con honradez
y dinamismo el ministro Benard Doudé. Aparte del establecimiento
del telégrafo, “el proyecto e iniciación de los trabajos
del ferrocarril; la mejora del cultivo del tabaco por el sistema cubano;
el decreto del 14 de junio de 1877, que previene que el tercenista debe
comprar el tabaco, lo cual importa una reforma notable en la renta, porque
ha simplificado su administración y garantiza los intereses del
fisco; la innovación de la fábrica de sombreros de jipijapa,
mediante la enseñanza de maestros extranjeros que se hicieron venir
por cuenta del Estado; la ley que puso en manos del Gobierno las valiosas
sumas a que ascienden los bienes de manos muertas, llamadas cofradías,
para atender a los trabajos del río San Juan y ferrocarril, cuyas
empresas dejó iniciadas por medio de ingenieros competentes, como
los señoras Menocal y Norris; la introducción y circulación
de los centavos, facilitando así las pequeñas transacciones,
etcétera, y después de todo esto, el magnífico estado
en que deja el crédito nacional dentro y fuera del país,
que es su más importante conquista y merecida gloria”.
Don de gentes
Sofonías Salvatierra concluía
su reconocimiento de Benard Doudé: “Inteligente y patriota, su intervención
en otras cosas de gran provecho fue eficaz. También nos ha dejado
el grato y ejemplar recuerdo de su extraordinaria honorabilidad y su don
de gentes”. Al respecto, esa honorabilidad y ese don de gentes le condujeron
a fundar en la ciudad de Granada —entonces ejerciendo su hegemonía
política y económica— el primer centro recreativo de Centroamérica
y que tuvo una duración de casi ciento diez años (1871-1979).
Me refiero al Club Social.
Afán educativo
Pero ese mérito, suficientemente ponderado
en el prólogo a la tercera edición de su Corona fúnebre,
no opaca otra de mayor trascendencia: el empeño de integrar la Junta
Directiva del Colegio de Granada, en 1874, y luego el de becar en dicho
plantel “a hijos de padres pobres, que se dedicarán en lo sucesivo
a las penosas tareas del magisterio, cuya carrera [Benard Doudé]
contribuyó a crear y a dejarla casi organizada”, según Francisco
R. Cabrera, alumno y profesor auxiliar del colegio.
Su estudio canalero
Otro mérito por el que debe recordarse
fue el empeño que demostró por gestionar en Washington, como
diplomático, el proyecto del Canal Interoceánico a través
de Nicaragua; así lo revela, con actitud científica, el optimista
estudio bilingüe que redactó en Washington, en 1874, reimpreso
en Managua. Como muchos nicaragüenses de su generación, Benard
Doudé creía que el mito del progreso lo representaba el canal,
y que éste sólo podía ser construido por los Estados
Unidos.
Lo anterior no le impidió suscribir
en julio de 1879 un reclamo a dicha potencia “por perjuicios sufridos por
ciudadanos nicaragüenses a consecuencia de las expediciones filibusteras
acaudillas por Walker”.
Probidad intachable
En fin, su rasgo más notorio fue la
probidad intachable de su carrera administrativa al consagrarse, más
que a su esposa y a sus once hijos, al servicio de la Patria. Por ello,
cuando en el lecho de muerte se le conminó a dictar su testamento,
dijo:
—Para qué, si no tengo nada que testar.
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