| Algunas
pocas calles polvosas cubiertas de boñiga de vaca y excrementos
de cerdos.
Un puente viejo al
estilo del que cruza el Guadalquivir, medio reparado por algún compasivo
alcalde de vara.
Un viejo convento
de frailes capuchinos que amenaza desplomarse, el cual es albergue de murciélagos,
garrobos y otras sabandijas.
En este convento
que hoy sirve de culto a San Benito de Palermo, el único Ministro
de Cristo que se atreve a celebrar la misa es el Padre Pallais, el humilde
siervo de las manos elásticas y la sotana raída.
Y más allá,
al sur, buscando a los manglares y ya perdido entre potreros, apenas se
pueden apreciar los restos de otro templo cuyas paredes, desafiando a los
siglos, sobresalen de entre las gruesas ramas de los chilamates y genízaros.
Tal es El Realejo;
la ciudad que fuera corregimiento español fundada por don Pedro
de Alvarado, lugarteniente de Hernán Cortés y Adelantado
de estas tierras, allá por el año 1534.
Cuatrocientos quince
años ha que estas callejas antes empedradas, se sintieron conmovidas
ante las pisadas de las botas castellanas.
Hace cuatro siglos
que este puerto, hoy olvidado, recibía alegre y bullicioso a las
naos españolas procedentes de México, el Perú y Castilla
del Oro.
Actualmente este
viejo puerto está lamentablemente relegado a un mísero pueblucho
en cuyas solitarias calles se pasean tranquilamente el buey cansino y la
noble vaca.
Cuatro casas de adobe
y algunos ranchos pajizos es todo lo que ha quedado de la obra construida
por los hijos de Castilla y la mano del indígena.
El aterramiento gradual
provocado por los manglares fué estrechando su profundo y ancho
estuario hasta dejarlo convertido en un miserable puerto lechero.Fué
una tarde de agosto cuando visité El Realejo.
El sol, escondido
entre nubes de cobalto y esmeralda, lanzaba sus espadas de oro matizando
el llino y los sombríos bosques.
Entré al puerto
y crucé sus cuatro calles solitarias de gentes y llenas de perros
a cual más canijos que interceptaban nuestro camino y que algunos,
más atrevidos, se colgaban del rabo del caballo.
Mi cicerone, que
era el Administrador de la Hacienda Las Lajas, me invitó para que
fuéramos a visitar la reliquia del puerto, don Vicente Méndez,
viejecito centenario, y hacia allá nos dirigimos.
Yo iba contento,
porque seguramente me daría cuenta de cosas para muchos ignoradas,
como en efecto así lo fué, porque al llegar a su vivienda
y presentármelo mi compañero, el viejo realejeño soltó
con todo gusto lo que por boca de sus abuelos sabía.
Su cabello era blanco,
lo mismo que el vello de sus brazos y pestañas. Su cuerpo era delgado,
elástico y encorvado por el enorme peso de tantos inviernos encima.
Su abdomen, lo mismo que su cara, estaban plisados de arrugas.
Pero con todo y estas
huellas que los años marcan en la contabilidad del tiempo, don Vicente
tenía algunas partidas en su Haber, como decir: su vista, tan fina
como la de un lince,pues leía letra menuda de diarios y revistas;
su olfato, que distinguía el suave perfume de la reseda, del penetrante
de los jazmines, y sus oídos, en tan perfecto estado, que oía
el zumbido de un mosquito.
Comencé por
preguntarle la edad. Don Vicente, queriendo hacer memoria del pasado, arrugó
la cara y enarcó las cejas.
Así se estuvo
un par de minutos escurcando su edad en el libro de los tiempos; luego,
vencido por las fechas, hizo un ligero movimiento de cabeza aceptando la
derrota.
-"No recuerdo, contestó,
pero le sé decir que cuando el último cólera ya estaba
yo matacancito". -"¿Quiere decir -le pregunté en tono de
chanzaque si se hubiese adelantado un poquito ve estallar al Cosigüina?".
Don Vicente rió y el chirrido de su risa contrajo los músculos
de su cara plisándola de arrugas, en tanto que su abdomen- en un
zangoloteo se fruncía como fuelle de acordeón.
Le hice el disparo
de una pregunta acerca del pasado y la historia de El Realejo. Don Vicente
comenzó a desenrollar la cinta del panorama ido que él con
su longevidad sorprendente había acumulado en su cerebro consumido
por el tiempo.
Este viejo realejeño
es un documento, un infolio en cuyas páginas apolilladas y amarillas
por la pátina del tiempo se lee la vida de un pueblo que otrora
fuera floreciente.
Lo que a continuación
voy a referir me lo contó don Vicente, a quien también le
fuera contado, por boca de su abuelo.
Las cuatro calles
de que está compuesto El Realejo actual, son una tercera parte de
la ciudad antigua. Esto quizá sorprenda a muchos que han visitado
el lugar ignorando que la ciudad se extendía hacia el oriente, en
dirección al cerro de El Vigía, donde había una fortaleza
para defender el puerto de las frecuentes incursiones de los piratas.
Los restos de sus
construcciones ya deshechas se pierden entre los llanos y las humedades
lajeñas. Allí donde ahora pastan los ganados y merodea el
puma, eran calles anchas y empedradas, que quizá fueron mudos testigos
de un duelo a espada o de un encuentro a cuchillo toledano.
Las aseveraciones
de don Vicente tienen su sello de autenticidad en esos restos hundidos.
Cualquiera que entre a los potreros lajeflos o sus encierros se sorprendería
al ver pedazos de muros cubiertos de hiedra y rajados en sus junturas por
el vástago de algún árbol.
Lo mismo que yendo
por el camino que conduce a El Tesorer', existe, hoy cortado por ese mismo
camino, un púente en cuyos extremos sé aprecian las enormes
bases de piedras superpuestas y unidas por la mezcla. El famoso cerrito
de El Vigía no es otra cosa que una fortaleza, punto estratégico
desde donde se dominaba no sólo El Realejo, sino que hasta más
allá de la isla Icaco (hoy Corinto). En El Vigía hay restos
de un edificio de piedra, lo mismo una construcción que al parecer
fué una pila (hoy casi deshecha).
En todos esos lugares
tropieza uno con pozos cuyos arranques todavía desafían al
tiempo.
.Este es El Realejo,
la ciudad colonial y legendaria fundada por Pedro Alvarado, y que sirviera
de escape a los hermanos Contreras hacia el Perú, por el asesinato
que cometieron en la persona del Obispo Valdivieso.
Pompeya y Herculano,
ciudades italianas aterradas por la erupción del Vesubio en el año
79, muestran apenas entre el grueso sudario de lava y arena las aristas
de sus torres y palacios.
Así El Realejo,
dormido para siempre desde hace siglos, muestra al mundo en sus ruinas
y escombros lo que fuera hace cuatro siglos.
Version internet: Eduardo Manfut P Diciembre 2000. |